Lo que dejó de ser, sin ser.
Cuando llegó, las calles de siempre lo recibieron con una quietud que nunca cambia. Los mismos edificios, el mismo polvo en el aire. Caminó hacia su casa, sabiendo que no era el mismo camino de antes, pero también que no había otro. La tierra, fértil como siempre, lo esperaba con brazos abiertos, aunque no de la manera en que lo había imaginado alguna vez. Puso la botella vacía junto al portón, sin saber por qué, y dio un paso hacia adentro. No había nada que buscar, pero al menos allí, en ese regreso, las huellas de lo perdido parecían menos visibles. Una vez adentro lo comprendió, la calma lo envolvió y lo que quedaba de él fue desapareciendo.