estaba feliz porque había encontrado la solución. La Eureka que Atropos le trajo casi como un susurro, como una insinuación.
Para extirpar el dolor del alma primero hay que asimilarlo, conquistarlo, para luego hacerlo prisionero. La noche oscura envolvió los ojos del pensador que yacía desangrado en el suelo. Atropos se retiro ovillando el hilo de la vida mientras silbaba el tango oxidado.
